El dolor muscular golpea a los jugadores de esports en Brasil

Horas seguidas de entrenamiento, los dedos pegados al ratón y al mando, la postura bloqueada frente a la pantalla. El universo competitivo de los videojuegos crece a buen ritmo en el país, pero junto a él aparece un problema que la industria todavía atiende poco: las lesiones musculoesqueléticas entre los atletas de esports. Un estudio dirigido a los jugadores brasileños busca precisamente mapear dónde aparecen esos dolores y por qué ocurren.
Un deporte que se parece cada vez más a los tradicionales
Llamar deporte a las competiciones de videojuegos ya no suena extraño. Hay ligas profesionales, calendario de campeonatos, público fiel y atletas que viven de ello. La propia NCAA, la entidad que organiza el deporte universitario en Estados Unidos, lleva años debatiendo si debe reconocer oficialmente la modalidad dentro de su estructura. El debate no es bizantino: el reconocimiento formal significa becas, estructura médica y, sobre todo, cuidado de la salud del atleta.
Y justo ahí está el problema. Juegos como FIFA, Call of Duty, Counter-Strike, Fortnite, StarCraft y League of Legends exigen del cuerpo cosas muy distintas entre sí. Un shooter en primera persona no impone la misma carga repetitiva que un MOBA de partidas largas. Aun así, el cuerpo del jugador paga la cuenta en todos los casos.
Sedentarismo, repetición y el cuerpo como secundario
La rutina de quien compite a alto nivel suele incluir sesiones largas sentado, poco movimiento y un uso intenso y repetitivo de las manos. Súmese a eso el sedentarismo típico del ambiente y el terreno queda fértil para los dolores crónicos. Las lesiones por esfuerzo repetitivo, comunes en entornos de oficina, encuentran un paralelo directo en el día a día de estos atletas.
El detalle es que la ciencia todavía da sus primeros pasos en este campo. Faltan estudios de largo plazo capaces de mostrar cómo evoluciona ese desgaste a lo largo de una carrera competitiva. La investigación brasileña intenta llenar parte de ese vacío, mirando no solo la frecuencia de las lesiones, sino también las regiones del cuerpo más afectadas.
Edad, tiempo de juego y frecuencia semanal entran en la ecuación
La hipótesis central del trabajo es directa: las regiones del cuerpo más exigidas por la práctica deberían concentrar el mayor número de quejas. Tiene sentido, pero confirmarlo con datos cambia el juego para quien piensa en prevención. Además, los investigadores apuestan por que variables como la edad del jugador, el tiempo total de práctica, la frecuencia semanal y la duración diaria de las sesiones ayuden a predecir quién corre más riesgo de lesionarse.
Factores ergonómicos, biológicos e incluso psicosociales entran en la cuenta, en un paralelo directo con lo que ya se estudia en entornos laborales y en otras modalidades deportivas. Con la base de jugadores creciendo año tras año en Brasil, identificar esos riesgos deja de ser curiosidad académica y pasa a ser una cuestión de salud pública para una categoría que solo gana espacio.







